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Browsing through old e-mails…

Posted by Ricardo en 27 febrero 2004 21:21

… I found one written by Carlos Sicilia. I apologize to those who can’t read spanish, but I don’t feel like translating right now. I may not agree with every line of it, but most of it is absolutely true.

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La creencia general anterior era que CAP no servía. La creencia general actual es que Chávez no sirve. Y cuando pase el tiempo, la creencia general será que el que venga despues de Chávez tampoco servirá para nada. Por eso estoy empezando a sospechar que el problema no está en lo alcóholico que haya sido Lusinchi o en lo balurdo que sea Chávez. El problema está en nosotros. Nosotros como pueblo. Nosotros como materia prima de un país.

Porque pertenezco a un país donde la viveza es la moneda que siempre es valorada mas que el dólar. Un país donde hacerse rico de la noche a la mañana pegando un Kino es una virtud más apreciada que formar una familia a largo plazo. Un país donde una persona tranca la salida del garage de una casa, y si uno toca mucha corneta para llamar la atención del abusador y hacer que aparezca a retirar su vehículo, entonces esa persona se molesta y le reclama a uno la presión y el corneteo, como si el infractor fuese uno y no ellos. Un país donde un par de señoras pueden recorrer todo un supermercado, y, mientras compran, hablar pestes de la moral del gobierno y del incumplimiento de las leyes, y de lo terrible de tales o cuales medidas, pero después, a pesar de que su carrito tiene 27 artículos, se hacen las pendejas y disimuladamente se meten en la cola que es “para un máximo de 10 artículos”, y si uno osa reclamarles o quejarse ante el gerente, uno es el que queda ante ellas, y ante los demás, como un pajúo y un soplón, sólo por intentar hacer cumplir una norma tan sencilla.

Pertenezco a un país donde, lamentablemente, los periódicos jamás se podrán vender como se venden en EEUU, es decir, poniendo unas cajitas en las aceras donde uno paga por un solo periódico Y SACA UN SOLO PERIODICO, DEJANDO LOS DEMAS DONDE ESTAN. Porque si aquí los vendieran así, El Nacional y El Universal quebrarían en sólo 3 meses. Pertenezco al país donde las empresas privadas son librerías particulares de sus empleados deshonestos, que se llevan para su casa, como si tal cosa, resmas de papel, bolígrafos, carpetas, marcadores, y todo lo que pueda hacer falta para la tarea de sus hijos. Pertenezco a un país donde el turismo no progresa, no porque no tengamos bellezas naturales que mostrar, sino porque nos cuesta conseguir venezolanos para los cuales la hermosa profesión de servir y atender visitantes no sea considerada una vejación y una humillación. Pertenezco a un país donde la gente se siente triunfal si consigue a buen precio la tarjeta chimba de DirecTV, donde la gente inventa como García Márquez a la hora de llenar sus planillas del Seniat para no pagar impuestos, donde a Carlos Andrés y a Lusinchi no les reclama ningún medio el que estén viviendo fuera del país disfrutando de lo que se robaron, o donde hay que calarse a Chávez hablando de una revolución que es sólo para engordar el bolsillo de unos militares que, de otro modo, se animarían a tumbarlo. Pertenezco a un país donde hay que dejar pasar al “vivo” que, en una cola más o menos ordenada, adelantó por el hombrillo a quince o veinte carros que, por pendejos, no se metieron por el hombrillo antes que él.

Un país donde, desde hace 40 años, un vehículo sufre más daños y sale peor parado después que es recuperado por la policía que cuando se lo roban los ladrones. Un país donde cualquier persona puede hacer una fiesta y poner música a volumen pornográfico toda la noche, sin que haya nadie que proteste ni autoridad alguna que les haga apagar esa música ni siquiera a las cinco de la mañana.

Pertenezco a un país donde colearse es una institución. Donde todos vuelan a robarse llamadas en un teléfono público cuando se corre la voz de que se ha quedado “directo”. Un país de gente que está llena de faltas, pero que disfruta criticando a sus gobernantes, sean adecos, o sea Chávez, porque criticar a los adecos o criticar a Chávez, crea una ilusión psicológica que aparentemente eleva la estatura moral y espiritual del que critica.

Mientras mas le digo rata a CAP, mejor soy yo como persona, a pesar de que apenas ayer me consiguieron todas las preguntas del examen de matemáticas de mañana. Mientras mas le digo desgraciado a Chávez, mejor soy yo como venezolano, a pesar de que apenas esta mañana me quede con el vuelto de 10 mil bolivares que me dio la señora del abasto sabiendo que yo le pagué con un billete de cinco mil.

No. No. No.

Ya basta. Sólo cuando Renny hizo aquellas cuñas de tránsito con las vacas fue cuando mas o menos la gente respetó un poco. Pero solo ahi. De resto, las intersecciones de Caracas y del Interior en horas pico son un verdadero infierno y se convierten en un infierno porque nos empeñamos en meternos, aunque quedemos atravesados, sabiendo perfectamente que el semáforo va a cambiar y que no nos va a dar tiempo de pasar y de no quedar atravesados.

Ya basta. Como materia prima de un país, tenemos muchas cosas buenas. Pero todavía dejamos mucho que desear. Esos defectos, esa “viveza” congénita, esa deshonestidad a pequeña escala que después crece y evoluciona hasta convertirse en Recadi o en Cruz Weffer, esa calidad humana que en realidad es falta y carencia de toda verdadera calidad humana, eso, mas que CAP o que Chávez, es lo que nos tiene real y francamente jodidos.

Aunque Chávez caiga hoy mismo, el próximo Presidente que lo suceda tendrá que seguir trabajando con la misma materia prima defectuosa que, como pueblo, somos nosotros mismos. Y no podrá hacer nada, igual que no hicieron nada los adecos e igual que no está haciendo nada Chávez. No tengo ninguna garantía de que el gritón de Peña o el sifrino de Borges lo puedan hacer mejor. Y mientras nadie señale un camino destinado a erradicar primero los vicios que tenemos como pueblo, nadie servirá. Ni sirvió CAP, ni sirve Chávez, ni servirá el que venga.

Aquí lo que hace falta es otra cosa, más que cacerolazos, apagones o cohetones. Y mientras esa “otra cosa” no empiece a surgir desde abajo hacia arriba, o desde arriba hacia abajo, o del centro pa’ los lados, o como quieran, seguiremos igualmente condenados, igualmente estancados.

Es muy sabroso ser venezolano, y vivir a “a la venezolana”. Pero cuando esa venezolanidad autóctona empieza a hacerle daño a nuestras posibilidades de desarrollo como Nación, ahí la cosa cambia…

Prefiero encenderle una velita a los Santos, a ver si, en vez de seguir esperando un Mesías, bien sea un Mesías balurdo Bolivariano o un Mesías sifrino de La Lagunita, comenzamos cada uno de nosotros a ser guiados por algo o por alguien que termine conviertiéndonos a cada uno de nosotros en nuestro propio Mesías, para nosotros y para los otros. Ojalá que cambiemos todos, porque si no, cambiar de Presidentes no cambiará nada. Porque cambiar de Presidentes, sin que cambiemos nosotros, es lograr que nada cambie jamás.

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